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Cómo entienden los/las menores la muerte y cómo hablarles sobre ella

“En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es total: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele” (Montoya, 2004).

Vivimos superando etapas y construyendo caminos, reflexionamos sobre las experiencias, interaccionamos con el entorno y elaboramos pensamientos cada vez más complejos según nos desarrollamos. Aprendemos de cada paso que damos, desarrollamos habilidades y estrategias y nos enfrentamos día a día a la vida.

Pero todo esto parece frenarse en el momento en que perdemos a un ser querido. Las dudas nos asaltan y el aprendizaje no parece posible, no entendemos mucho de lo que pasa y las emociones se agolpan en nuestro interior arremolinándose por salir.

La pérdida de un ser querido se convierte en una de las situaciones más difíciles de afrontar a lo largo de la vida. La separación afectiva y la pérdida del vínculo despiertan en adultos y en niños/as un conjunto de emociones que alteran la vida y trastocan la existencia. Por eso es necesario entender las reacciones de los/las menores, para poder ayudarles a afrontar estas situaciones de una manera saludable, de forma que pueda convertirse en una medida preventiva que les ayudará en situaciones futuras.

Si bien las manifestaciones y los efectos de la separación o la muerte de personas significativas son diferentes para cada niño/a y se interpretan y viven de forma diferente dependiendo de la etapa de desarrollo en la que el/la menor se encuentre, podemos señalar cinco formas de expresión emocional (Kroen, 2002):

  • Negación, que genera desde un comportamiento agresivo hasta una actitud más feliz que de costumbre, queriendo aumentar el tiempo de juego.

  • Idealización, de manera que pueda permitir una relación imaginaria con la persona perdida.

  • Culpabilidad que le hace creer que él/ella ocasionó la muerte.

  • Miedo y vulnerabilidad, que le llevará a ocultar sus sentimientos.

  • Preocupación por los demás, que hará que se ocupe de los otros, llegando incluso a asumir tareas que hacía el fallecido o cuidando de sus hermanos/as más pequeños/as, en caso de tenerlos.

Aun así, es importante tener en cuenta la edad del niño para poder comprender cómo se enfrentan a la pérdida.

  • Los/as lactantes de 0 hasta los 2 años

    no tienen la capacidad de entender el concepto de muerte pero sí son capaces de percibir las ausencias, por lo que podemos encontrar conductas apáticas o retraídas, así como rabietas, llantos, confusión, irritabilidad o alteraciones en los ritmos de sueño y la alimentación.

  • Entre los 2 y los 5 años

    los/as niños/as entienden la muerte como algo temporal, por lo que no comprenden que se trata de un estado irreversible. Esto les puede generar comportamientos de búsqueda repetida de la persona fallecida, multitud de preguntas y miedo al abandono en forma de una gran preocupación por los demás. La pérdida del habla puede darse entre los 2 y los 3 años. Los trastornos de la alimentación y el sueño, así como una dificultad en el control de esfínteres, suelen ser característicos de esta etapa.

  • Entre los 6 y los 11 años

    comienzan a adquirir el concepto de muerte como algo irreversible y universal, por lo que el duelo se manifestará a través de una alteración emocional y gran ansiedad sobre su muerte. Cambios de humor, miedo al rechazo, culpa, rabia, pérdida de interés en actividades antes deseadas, o incluso fobia a la escuela.

  • Durante la preadolescencia y la adolescencia,

    la forma de comprender el concepto de muerte y de actuar ante ella es similar a los adultos, pero debemos de tener en cuenta que en este periodo su autoestima es más vulnerable a los efectos del entorno y buscan la aceptación social, por lo que es posible que eviten y oculten sentimientos negativos.

Ante estas reacciones, es importante que los adultos sirvan de apoyo a los/las menores. El acompañamiento en este momento es una forma de promocionar su resiliencia, de ayudarles en el crecimiento y de fomentar el proceso de aceptación y comprensión de la pérdida.

Pero, ¿cómo se hace?

La evitación del dolor en ocasiones lleva a los adultos a no abordar la situación con la profundidad necesaria, y la intención de evitar sufrimiento a los/las menores y causarles el menor impacto en ocasiones provoca que se actúe de forma intuitiva o siguiendo pautas poco adecuadas.

A continuación, compartimos algunos aspectos a tener en cuenta para que el proceso de comunicación de las malas noticias y los momentos posteriores se hagan de la forma más saludable, fomentando la recuperación y la aceptación de la pérdida:

  • La mejor persona para comunicar la noticia es uno de los progenitores o figura de apego para el/la menor.
  • La comunicación debe realizarse lo antes posible de forma sincera, objetiva y evitando eufemismos, al tiempo que se comprueba si ha entendido lo que se les ha explicado. Es importante también que sepan lo que va a ocurrir los días posteriores al fallecimiento (reuniones familiares, tanatorio, etc.)
  • Siempre que sea posible, se deben evitar grandes cambios en el entorno como pueden ser mudanzas o cambios en el colegio. Debemos procurar alterar lo menor posible sus rutinas.
  • Con el fin de facilitar el proceso de adaptación, es importante informar de lo ocurrido en otros contextos habituales del menor, como la escuela.
  • Para que puedan tener conciencia de sus emociones, es importante validar y permitir la expresión emocional, al tiempo que los adultos comparten también con ellos/ellas sus sentimientos sobre lo ocurrido. Eso les ayudará a entender que las reacciones que están viviendo son normales. Los juegos o el dibujo pueden ayudar en su exploración y control.
  • Si lo desean, permitirles despedirse del fallecido y participar en los rituales de despedida; si bien es conveniente explicarles previamente lo que van a vivir, además de estar acompañados/as por un adulto durante todo el proceso.

Si generamos la confianza suficiente en los/las menores y les ayudamos a comprender y manejar sus reacciones, estaremos ayudándoles en su crecimiento, fomentando su autonomía, iniciativa e identidad. Estaremos ayudándoles a aprender de la experiencia y a sacar de ello lecciones de vida, lo que actualmente entendemos como “ser resilientes”.

Debido a que se trata de un proceso complejo en el que pueden surgir dificultades, os animamos a que podáis acudir a Vínculo en caso de que lo necesitéis.

Bibliografía

Kroën, W. (2002). Cómo ayudar a los niños a afrontar la pérdida de un ser querido. Un manual para adultos. Barcelona: Oniro.

Kennedy V. L., Lloyd-Williams M. (2009). How children cope when a parent has advanced cancer. Psychooncology

Montoya, J. (2004). El duelo. Sobre cómo ayudarnos y ayudar a otros ante la muerte de un ser querido. Biblioteca básica de tanatología. Colombia.

Ordoñez Gallego A, Lacasta Reverte MA. (2004). El duelo en los niños (la pérdida del padre/madre).

María Cacho.

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