¿Por qué olvidamos? La psicología detrás del olvido

Es común pensar que olvidar es algo negativo, un signo de descuido o de debilidad. Sin embargo, el olvido no solo es inevitable, sino también una función esencial de la mente humana. Olvidar nos permite aprender, adaptarnos y, en muchos casos, sanar.

El olvido no debe entenderse como un “borrado completo” de la información, ya que, como explica Ruiz-Vargas (2010), es imposible medirlo o demostrar científicamente que un recuerdo haya desaparecido por completo. La explicación más aceptada entre los investigadores es que el olvido consiste en un fallo en el proceso de recuperación de la información en nuestra memoria: la información sigue almacenada, pero no podemos acceder a ella con las claves adecuadas. Por eso, cuando no recordamos algo, no significa que lo hayamos borrado y olvidado, sino que en ese momento no podemos recuperarlo. En este sentido, olvidar implica la incapacidad de recordar ahora algo que sí pudimos evocar en otro momento (Ruiz-Vargas, 2010).

Los humanos contamos con dos formas principales de olvido: el olvido incidental y el motivado.

El primero ocurre sin intención. El paso del tiempo genera olvido, tal como demostró Hermann Ebbinghaus con su famosa curva del olvido, que muestra cómo la memoria se debilita si no se refuerza. Además, la interferencia entre recuerdos puede dificultar la recuperación de estos. Incluso recordar algo puede provocar que otros recuerdos se vuelvan menos accesibles, fenómeno conocido como olvido inducido por la recuperación. En todos estos casos, la inhibición desempeña un papel fundamental, debilitando los recuerdos no recuperados y fortaleciendo los que sí evocamos.

El olvido motivado, en cambio, ocurre de forma intencional, cuando una persona se esfuerza por olvidar algo. A través del paradigma pensar/no pensar, Anderson (2009) demostró que somos capaces de inhibir conscientemente recuerdos que no queremos mantener activos. Este tipo de olvido también se favorece evitando las claves de recuperación o modificando el contexto emocional asociado al recuerdo. Si dejamos de evocarlo, su huella pierde fuerza y se vuelve menos accesible.

Ahora bien, ¿para qué sirve olvidar?
Aunque a menudo lo asociamos con algo negativo, el olvido cumple una función adaptativa y protectora. Nos permite mantener el equilibrio emocional y protegernos de recuerdos que podrían resultar dañinos. Cuando una situación nos recuerda experiencias dolorosas, solemos tratar de excluir de la conciencia esos pensamientos y sentimientos, lo que nos ayuda a restablecer nuestro bienestar emocional. Como señala Anderson (2009), la memoria influye directamente en la percepción del bienestar: nuestra valoración de la vida se basa en lo que recordamos. Si solo conserváramos recuerdos negativos, nuestra visión del mundo sería mucho más sombría.

Por eso, el olvido actúa como el complemento natural de la memoria, facilitando la entrada de nuevas experiencias y suavizando el impacto del pasado. En palabras de la escritora Diane Ackerman, “El olvido no es la ausencia de recuerdos, sino el mejor aliado de la memoria”. Y quizás ahí radique su verdadera importancia: olvidar no significa perder, sino dejar espacio para seguir viviendo.

Sin embargo, olvidar no debe confundirse con evadir. No se trata de borrar todo lo que duele, sino de permitir que aquello que ya hemos comprendido y elaborado deje de ocupar tanto espacio. Reprimir o evitar los recuerdos dolorosos no los hace desaparecer, solo los empuja hacia un rincón donde siguen afectándonos en silencio. El olvido sano llega después de haber procesado lo vivido, no antes.

Olvidar, entonces, no es escapar del pasado, sino liberarse de su peso. Es permitir que los recuerdos pierdan fuerza sin negar su existencia. Porque, al final, no se trata de borrar la historia, sino de hacer las paces con ella. 

Ana S.

 

Referencias

Anderson (2009) Olvido Motivado. En M. Baddeley,M.W. Eysenck y M.C. Anderson (Eds.) Memoria.Madrid: Alianza Editorial.

Ruíz-Vargas, J.M. (2010) La memoria a corto plazo, Manual de Psicología de la Memoria. Madrid: Síntesis.

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