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Un respiro ( u ansiedad) en un mundo permanentemente conectado.

Es incuestionable que, en los últimos años, el uso de internet y las nuevas tecnologías han constituido una nueva forma de comunicarnos, facilitando y simplificando tareas y, a la vez, acercando toda información a casi cualquier rincón del mundo.

Hoy en día, relacionarnos con otras personas mediante internet es algo totalmente normalizado, sin embargo, esta posibilidad de comunicación permanente puede llegar a causar graves consecuencias psicológicas, físicas y sociales. El uso diario y, en muchísimas ocasiones, excesivo de las redes sociales, hace evidente el poder que tienen éstas sobre nosotros/as. La rapidez e inmediatez en la conexión, la posibilidad de acceder a cualquier contenido, el contacto y la conexión con los demás, la recompensa y respuesta a corto plazo que éstas generan en las personas, la desconexión con las realidad y, en algunos casos, el anonimato, las convierten en una realidad, cuanto menos preocupante y que, por ende, exige de estudio, información y control.

Durante la tarde del 4 de octubre, la sociedad fue testigo de un respiro tecnológico dentro de un mundo permanentemente conectado. Más de seis horas de apagón y desconexión de lo que hoy en día son las herramientas comunicativas más utilizadas del mundo; WhatsApp, Facebook e Instagram. El apagón generó ansiedad en unos y paz en otros, confirmando, una vez más, la dependencia que producen las redes sociales junto a la necesidad de interactuar constantemente.

Parte de la vida quedó detenida y, en consecuencia, se hizo incuestionable lo que todos ya sabemos, la dependencia que la sociedad en su conjunto ha desarrollado a estas tecnologías.

A raíz de la caída de estas redes sociales, algunas personas con dependencia a estas plataformas pudieron experimentar :

  • crisis de ansiedad,
  • falta de concentración,
  • soledad
  • e incluso, dolor físico.

Inquietud, nerviosismo o preocupación son algunas de las sensaciones asociadas a estos cuadros de ansiedad, lo que, conlleva a la persona a buscar formas de paliar esos sentimientos. Es posible que tras la ansiedad algunas personas tuvieran que calmar la angustia a través de la ingesta innecesaria de alimentos, algo que ocurre con mucha frecuencia como mecanismo para calmar y rebajar los efectos negativos o, también un mayor consumo de tabaco al sentir que el apagón estaba fuera de nuestro control. Esto son sólo algunos ejemplos de las consecuencias a tan corto plazo tras la caída generaliza del lunes 4 octubre.

Quizás esto nos ayude a parar, pensar y recapacitar el poder que estas redes sociales ejercen sobre las personas. Ya no es sólo los cuadros de ansiedad al sentirte aislada y sin mantener el contacto permanente al que estamos acostumbrados, si no, los estudios e investigaciones que asocian el mal uso de Instagram como un claro factor de riesgo para desarrollar trastornos alimentarios, ya que la comparación continua del aspecto físico, el querer conseguir el “ideal de belleza” o, simplemente, ser más “fitness” agravan la sintomatología propia de estos trastornos como la obsesión, el perfeccionismo y la autoexigencia.

Las nuevas tecnologías no son malas per se. Lo que puede llegar a ser patológico es un mal uso de éstas de forma continuada en el tiempo. Desde Vínculo os invitamos a reflexionar si el uso y la importancia que estamos dando a internet es adecuado cuando al caerse una red social como Instagram nos ronda en la cabeza la idea de que ésta es un pilar fundamental en nuestra vida.

Si te has sentido identificado/a con algunas de las señales que indican que estás haciendo un consumo excesivo de las nuevas tecnologías y, por ende, esto te está afectando a más áreas de tú vida, no dudes en contactar con nosotras. Podemos ayudarte.

Bibliografía.

Del Río, J., Sábada, C., & Bringué, X. (s.f.). Menores y redes sociales: de la amistad al cyberbullying. REVISTA DE ESTUDIOS DE JUVENTUD, 115-128.

García, C. N., Magaña, D. E., & Ruiz de Dios, M. (2015). Redes sociales, usos positivos y negativos: caso Facebook. Educación y sociedad del conocimiento, 1-15.

 

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