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LAS EMOCIONES EN LOS PROBLEMAS DE LA CONDUCTA ALIMENTARIA

Recientes investigaciones hablan de que uno de los factores con mayor peso para la predisposición a los trastornos de la conducta de alimentación (TCA), así como para la resistencia al cambio, son las dificultades en el manejo de las emociones: como son la dificultad para el reconocimiento de las emociones y la inadecuada regulación de las mismas (Calvo Sagardoy, 2013).

Pero, ¿qué es la regulación emocional?

La regulación emocional hace referencia a los procesos extrínsecos e intrínsecos de monitorización, evaluación y modificación de las reacciones emocionales que aparecen en la persecución de un objetivo (Gutiérrez García, Fontanil, Paz, Ezama y Alonso, 2017).

Para entender mejor el término, veamos un ejemplo: una persona con una buena regulación emocional será capaz de darse cuenta de las emociones que está sintiendo y de evaluar si son congruentes con la situación. En el caso de que la persona se dé cuenta de que se está enfadando y que está siendo desproporcionado para la situación, será capaz de bajar la intensidad de su enfado y serenarse; modificando así su estado emocional. Se trata de una especie de consciencia emocional.

Un factor que interviene de manera fundamental en cómo desarrollamos nuestra capacidad para regular las emociones es EL APEGO

 ¿Qué es el apego?

Es un mecanismo biológico necesario para la supervivencia; de hecho, se establece entre el bebé y el cuidador durante sus 3 primeros meses de vida. Una persona apegada a otra trata de mantenerse en contacto con otra a la que considera más fuerte, o más sabia, a través de una variedad de conductas mediante las cuales consigue o mantiene dicha proximidad. En función de cómo respondan los cuidadores (figura de apego) a estas conductas, los niños y niñas van construyendo esquemas de las relaciones personales, constituidas por las expectativas acerca de la disponibilidad de la figura principal de apego en situaciones de estrés o necesidad, y por la representación de uno mismo como merecedor o no de cuidados.

Estos modelos internos, de los que se hablará más adelante, son también esquemas de acción, una serie de reglas, con aspectos conscientes, pero también inconscientes (Gutiérrez et al., 2017).  Esto quiere decir que el niño o la niña va a aprender, mediante su relación con la figura de apego, cómo funciona el mundo; va a aprender una serie de normas, como que, si hace A, su figura de apego le va a responder con B. Y, en relación a la regulación emocional, digamos que la figura de apego “enseña” al niño/a el funcionamiento de las relaciones emocionales, lo que influye en su posterior capacidad para regularse.

En resumen, el apego es el patrón habitual de expectativas, necesidades, emociones y comportamientos en interacciones interpersonales y relaciones íntimas que se mantiene a lo largo de nuestra vida adulta.

¿TODOS DESARROLLAMOS EL MISMO TIPO DE APEGO?

  1. Los tipos de apego son: el apego seguro, el apego inseguro ansioso-ambivalente, el apego inseguro evitativo y el apego desorganizado.

Los tipos de apego han sido definidos según las respuestas observadas en una situación experimental llamada “la situación extraña”. Consistía, a graso modo, en observar cómo se comporta el niño/a en una situación donde se le separa de su figura de apego y se le presenta a una persona desconocida.

  • APEGO SEGURO: son niños con más iniciativa, que exploran y adquieren con mayor facilidad sus oportunidades de aprendizaje y conocimiento. Algunas características son: pueden alejarse de la madre para explorar; inseguridad ante la ausencia de la madre; protestan solo ante la separación; reciben a la figura de apego con alivio; mantienen conductas exploratorias normales en presencia de la figura de apego; establecen una buena relación con extraños.
  • APEGO INSEGURO AMBIVALENTE: son niños/as que pueden mostrarse cautos o incluso angustiados antes de la separación de la figura de apego. Presentan escasa exploración del entorno y se muestran preocupados por la madre. Pueden parecer furiosos o pasivos. No logran establecerse y confortarse cuando se reencuentran con la madre, normalmente continúan centrando su atención en ésta y continúan llorando. No logran volver a la exploración del entorno tras el reencuentro.
  • APEGO INSEGURO EVITATIVO: son niños/as que no lloran durante la separación de la madre. Evitan e ignoran activamente a la madre durante el reencuentro (mirando en otra dirección o alejándose). Presentan una escasa o ninguna proximidad hacia la figura de apego; no existe la búsqueda de contacto, pero tampoco hay señales de angustia ni de ira.
  • APEGO DESORGANIZADO: el niño/a muestra conductas desorganizadas y/o desorientadas en presencia de la madre. Por ejemplo, el niño/a puede paralizarse conductualmente, puede activarse ante la vuelta de la madre, después caerse y acurrucarse sobre el suelo, o puede aferrarse mientras llora amargamente y sin embargo distanciarse con la mirada.

Tal y como se explicaba antes, los modelos operativos internos (MOI) son definidos como una representación mental del sí-mismo (del yo), y como una representación del sí-mismo interactuando con una figura de apego en un contexto o entorno con carga emocional (Bowlby, 1995). Estas representaciones son constituidas por creencias y expectativas sobre la disponibilidad física y psicológica del cuidador y su nivel de responsividad ante las demandas, así como si uno mismo es merecedor de dicha atención o cariño.

Existen varios tipos de MOI (Farkas, Santelices, Aracena y Pinedo, 2008):

  • El estilo autónomo corresponde a adultos que se muestran accesibles a sus hijos/as; son sensibles a sus necesidades, lo que favorecen el contacto cuando éstos o éstas lo necesitan. Además, estimulan y permiten su autonomía. Así, existe una mayor probabilidad de tener hijos/as con un patrón de apego seguro
  • El estilo preocupado corresponde a adultos que se muestran ambivalentes e imprevisibles ante las posibilidades de acceder a ellos cuando sus hijos/as muestran necesidad de contacto, lo cual llevaría a desarrollar con mayor probabilidad en los infantes un patrón de apego ansioso-ambivalente.
  • El estilo rechazante se aprecia en adultos que se muestran insensibles y tienden a impedirles a sus hijos/as el acceso al contacto cuando los necesitan. Así, existe una mayor probabilidad de tener niños/as con un patrón de apego evitativo.
  • El estilo no resuelto se observa en adultos que se muestran desorientados y confusos en la manera en que se relacionan con sus hijos/as y otras personas, lo que llevaría a que sus hijos/as desarrollen un patrón de apego desorganizado

Se ha estudiado su relación del estilo de apego con la aparición de determinadas patologías. Respecto a los trastornos de alimentación, se ha encontrado una mayor presencia de los apegos inseguros, siendo el apego preocupado (alto temor al rechazo o al abandono y baja incomodidad con la cercanía) el más frecuente en personas con sintomatología característica de la bulimia nerviosa, y el apego evitativo (bajo temor al rechazo o al abandono y alta incomodidad con la cercanía) en las que manifiestan anorexia restrictiva (Guitiérrez et al., 2017).

Calvo Sagardoy y colaboradores (2013) realizaron un estudio donde afirman que las dificultades de regulación emocional están, efectivamente, presentes en las personas con TCA. Por ello, es fundamental que la enseñanza de lo que significan las emociones, su reconsideración y su afrontamiento saludable, formen parte de cualquier programa de tratamiento y prevención.

Saber todo esto está muy bien, pero… ¿cómo podemos fomentar una relación de apego seguro con nuestros hijos?

  1. Transmitirles protección y seguridad: esto es, que vuestro hijo/a sienta que, si algo falla, alguien estará ahí para echarle una mano.
  2. Fomentar la autonomía: no todo va a ser protección; es importante “dejar que el pájaro vuele del nido”. Esto se consigue dejando que el niño/a experimente, que ponga a prueba sus aprendizajes, que se equivoque, porque, al fin y al cabo, luego estaremos nosotros para ayudarles a levantarse, si hace falta.
  3. Explicarles aquello que no entiendan: los niños/as son muy curiosos, y es importante que atendamos a todas esas dudas infinitas. Esto fomenta la idea de que pueden confiar en nosotros y que, además, les seremos sinceros. Sin embargo, es importante adecuar nuestras respuestas a la edad del niño/a.
  4. Atender a sus logros e intereses: esto quiere decir que les tengamos en cuenta. Es decir, cuando nos enseñen algún dibujo, por ejemplo, que hayan hecho, demostrarles que es importante y que nos interesa. Además, cuando nos hablen de sus problemas, por pequeños que nos parezcan, escucharles y hacerles ver que nos importa.
  5. Ser empáticos: hay que escuchar sus emociones y actuar en función de ellas. Además, ayudarles a gestionar aquellas emociones que no entiendan o les sobrepasen.
  6. Poner límites de manera firme pero asertiva: en algún momento habrá que decirles que “no” a algo. Cuando ese momento llegue, es útil dar explicaciones coherentes y dejar de lado la actitud “porque lo digo yo y punto”.

De esta manera estaremos favoreciendo una buena relación de nuestros hijos con sus propias emociones, siendo modelo y base segura para ellos, favoreciendo su salud psicológica y fomentando su autoestima.

Es normal que en el proceso de crianza te encuentres con muchos momentos complicados, donde quizá tienes dudas acerca de cómo enfrentarte a algunas situaciones o necesites revisar tu modelo de crianza para adaptarte a las necesidades de tu/tus hijos o si sientes que necesitas ayuda externa, en Vínculo tenemos expertos en crianza y apego que pueden ayudarte.

Karen Acuña Padrón.

Psicóloga en Practicas de Máster.

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